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La aflicción dañina


MICROCAMBIOSIlustración: Rafal Oblinski

Los sentimientos que nos hacen más daños, las emociones que más nos afligen, son las que son absurdas —el ansia de las cosas imposibles, precisamente porque son imposibles, la añoranza de aquello que nunca ha existido, el deseo de lo que podía haber sido, la pena de no ser otro, la insatisfacción de la existencia del mundo—; todas aquellas medias tonalidades de la conciencia del alma crean en nosotros un paisaje dolorido, una eterna puesta de sol de lo que somos (…).  Sentirnos es entonces un campo desierto al oscurecer, triste cañar al pie de un río sin barcos, negreando claramente entre las lejanas orillas.

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego

 

 

 

 

 

 

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La novela de uno mismo


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El hombre no tiene una naturaleza sino una historia. El hombre no es otra cosa que un drama. Su vida es algo a elegir, construir mientras procede. El ser humano consiste en aquella elección y aquella inventiva. Cada ser humano es la novela de si mismo, y si bien puede elegir entre ser un escritor original o uno que copia, no puede evitar elegir. Está condenado a ser libre.

 

José Ortega y Gasset

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Noche de paz


En 1914, durante la tregua de Navidad, los soldados de ambos frentes cantaron «Noche de paz» el único villancico común que conocían en inglés y alemán.

Porque representa el susurro leve de una lejana noche que hizo historia,  lo recordamos año tras año en hogares e iglesias de medio mundo. La Navidad es una noche de paz cantada en cientos de lenguas, aprendida por numerosas generaciones de niños que crecieron, más tarde fueron padres, luego abuelos y un buen día desaparecieron de la historia para dejar paso a otro eslabón de transmisión.

Mi especial recuerdo en  esta Nochebuena a los enfermos, a las víctimas de guerras sin sentido, a los que se sienten solos y añoran a sus seres queridos, a los supervivientes, a los amantes de la paz y de la reconciliación y a todos aquellos que se conectan por un instante con su infancia para cantar en silencio este bello villancico austriaco.

¡Feliz Navidad!

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ESCÚCHAME


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ILustración: Charlotte Salomon

Cuando te pido que me escuches y empiezas a darme consejos no has hecho lo que te he pedido.
Cuando te pido que me escuches y empiezas a decirme que no debería sentirme así, estás ignorando mis sentimientos.
Cuando te pido que me escuches y sientes que debes hacer algo para solucionar mis problemas… Me has fallado, por extraño que parezca.
¡Escúchame! Todo lo que pedí era que me escucharas.
No que hables o que actúes. Tan sólo que me escuches.
Los consejos son baratos y esto lo puedo hacer solo.
No estoy indefenso, quizás desanimado y titubeante, pero no indefenso.
Cuando haces algo por mí que yo podría y debería hacer por mí mismo, contribuyes a reforzar mi miedo y mi debilidad.
Pero cuando aceptas como un hecho simple que siento lo que siento sin importar lo irracional que sea, entonces puedo dejar de intentar convencerte y puedo empezar a comprender lo que hay detrás de esos sentimientos irracionales.
Y cuando me queda claro, las respuestas se vuelven evidentes y no necesito consejo. […]
Quizá por eso a algunos les funciona rezar, porque Dios es mudo, y no da consejos, porque no intenta solucionar las cosas, simplemente escucha y deja que los descubras por ti mismo.
Por lo tanto, por favor escúchame. Y, si quieres decir algo, espera un momento y entonces yo también te escucharé.

(Autoría desconocida)

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Los cinco cercos del miedo


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El ser humano vive cercado por cinco miedos:

A no triunfar

Necesitamos como agua de mayo conseguir la aprobación ajena porque implica nuestra autoestima,  es decir cómo nos vemos nosotros respecto a los otros, lo que tenemos o no tenemos, lo que merecemos y no conseguimos. Deseamos progresar  (llegar a ser algo) y tener autonomía para poder experimentar el sentimiento de logro. Cuando nos sentimos fracasados somos carne de cañón de la envidia, el principal asesino de la felicidad.  

A ser señalado

Tememos ser apuntados con el dedo por algo que hemos hecho o, justo por  lo contrario: por lo que  hemos dejado de hacer. Nos aterra ser señalados por diferencias (nivel social, preferencias sexuales, creencias, aspecto físico, conocimientos etc..). Y cuando el dedo apunta en nuestra dirección con ánimo de destacar una carencia nos echamos a temblar. Aparecemos ante los demás bajo un un sesgo claramente negativo.

A ser excluido 

El miedo a «tú, no» es uno de los terrores más atávicos del ser humano. Se basa en la experiencia, en las veces que nos hemos sentido apartados o marginados, en el dolor profundo de la soledad y el aislamiento, en no ser necesario ni «contar» para quien consideras importante.

A comprometerse

El miedo al compromiso está relacionado con una valoración psicológica; por todo se paga un precio y se obtiene una recompensa. Cuando estimamos que el precio puede ser  demasiado alto por lo que vamos a obtener, nos sentimos paralizados. Nos asalta el miedo a equivocarnos,  a elegir mal, a no poder prever las consecuencias de nuestros actos. Para evitar este miedo solemos recurrir a la indefinición. 

A resultar insignificante 

Este temor también hunde sus  raíces en la infancia. Y está ligado a la identidad, al quién creo ser, quién cree cada uno que es él o ella. Para defendernos del sentimiento de poquedad o de insignificancia utilizamos dos armas: yo tengo o yo hago. Con ellas nos batimos el cobre en sociedad, pero siempre subyace ese miedo a que los demás se den cuenta de que en realidad soy un impostor/a, una poca cosa, un nadie.

EL MIEDO ÚTIL Y EL MIEDO INÚTIL

El miedo es una de las emociones primarias del ser humano y también el más destacado responsable (en unión a la culpa), por mal uso, de su infelicidad. Salvo cuando sirve de advertencia para una huida oportuna de algún riesgo que nos acecha o al que estamos expuestos (conscientemente o no), o como evitación de un daño físico o psicológico en nuestra integridad personal, ocasiones en que el miedo resulta de una utilidad inestimable para nuestra supervivencia, en general causa más estragos que beneficios.

Desde épocas inmemoriales nos hemos acostumbrado a mal usarlo por falta de conocimiento. Desde pequeños nuestros padres nos enseñan con palabras y acciones a que no tengamos miedo pero no nos explican por qué, tal vez porque ni ellos mismos sepan explicarlo. Pero el miedo inútil (dejemos que el útil siga con nosotros) se cura y para ello nada mejor que diagnosticarlo primero, ver con que ropaje aparece y seguir en cada caso el tratamiento más adecuado. Tal vez el miedo  útil no precise  una explicación ya que viene de serie en la naturaleza humana y sirve para preservarnos como especie, pero . del inútil será mejor ocuparse y conocerlo a fondo. Y si no nos lo explican preocuparnos nosotros por conocerlo íntimamente y combatirlo con sus propias armas.

*La idea de este post se la debo al psicólogo Fermín Delgado a quien estoy muy agradecida por todo lo que he aprendido de su visión de la vida y el desarrollo personal.

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Tus hijos no son tus hijos


Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

Kahlil Gibran

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Distinguir razones de propósitos


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Nosotros, los procrastinadores (sé que el palabro suena bastante parecido a nosotros, los drogatas,  o nosotros, los borrachuzos,) tenemos en común una dificultad: no distinguimos entre razones y propósitos.

Básicamente ignoramos, en sentido estricto, lo que expresan ambos términos: «razones» y «propósitos».

Pues bien, mientras las razones atienden a los por qué,  los propósitos se ocupan de los para qué. Y mientras los primeros iluminan los motivos ocultos de cada quién para actuar, los segundos  proporcionan algo más  valioso: combustible, esto es:  compromiso y energía, un tándem indispensable para lograr un objetivo.

Si toda la vida has querido escribir un libro y no lo has hecho, averiguar por qué no lo haces, no te ayudará a lograrlo. Descubrirás, eso sí,  emociones intensas ocultas en tus razones personales, eso es todo. En cambio, si las pesquisas van dirigidas a la finalidad, al para qué  quieres hacerlo, para qué es importante ser escritor, para qué necesitas tener ese libro entre tus logros, entonces la situación cambia porque te das de bruces con un anhelo, un asunto tan  importante que, si se posterga, dañara lo más preciado que posees.

Encontrar el propósito, como sostenía Viktor Frankl, creador de la logoterapia, consiste en encontrar la piedra angular sobre la que se apoya el edificio de tu vida. Así que si quieres escribir un libro pregúntate cuál es tu propósito al respecto, qué cambiará hacerlo o no hacerlo, qué diferencia se aprecia en tu vida de seguir como estás (sin libro escrito)  o  de conseguir la meta (libro escrito). Después, una vez hayas hecho tus averiguaciones sobre el propósito, añade las razones que gustes. Estas adornarán y enriquecerán el propósito pero nada más. Y quien dice libro dice cualquier asunto que estés aplazando por escudarte en razones sin investigar propósitos. 

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El sentido del dinero


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Ilustración: Yuko Shimizu

Me gusta esta historia porque la interpreto como una brillante  metáfora sobre la circulación del dinero; además, expresa a la perfección mis creencias sobre esta cuestión. Las parábolas y cuentos sirven para explicar de forma sencilla conceptos difíciles de entender en su totalidad. 

“Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Casi sin darse cuenta llegó a una cabaña vieja, de aspecto desmoronada, sin ventanas ni  techos. El pobre hombre encontró una pequeña sombra donde acomodarse para huir del calor y el sol del desierto. Al observar a su alrededor, descubrió una oxidada bomba de agua, se arrastró hacia allí, agarró  la manivela y comenzó a bombear y  a bombear sin parar… pero no sucedía nada.

Desilusionado, se apartó y entonces observó que a su lado había
una botella vieja. La miró, le quitó el polvo y leyó en la etiqueta: «Amigo, necesita primero precargar la bomba con toda el agua que contiene esta botella. Antes de marcharse, por favor, tenga la gentileza de llenarla nuevamente».

El hombre desenrosco la tapa de la botella, y ahí estaba el agua. ¡La botella estaba llena! De repente,  se vio en un dilema… si bebiese aquella agua, sobreviviría sin duda, pero si decidía verterla en  esa bomba vieja y  oxidada, quizás obtuviera agua fresca del fondo del pozo, y pudiera beber toda la que quisiese, o tal vez no; tal vez la bomba no funcionaría y el agua de la botella se desperdiciaría. Incluso podría morirse de sed.

¿Qué debía hacer? ¿Verter el agua en la bomba y esperar a que
saliese agua fresca?, o ¿beber el agua vieja de la botella e ignorar
el mensaje que le había dejado un desconocido? ¿Debía perder toda aquella agua confiando en unas instrucciones, aparentemente poco confiables, escritas no se sabe cuánto tiempo atrás?

Con grandes dudas, el hombre derramó gota a gota el agua en la bomba, enseguida agarró la manivela y comenzó a bombear, y la bomba empezó a rechinar y rechinar sin parar pero… ¡nada pasaba! La bomba siguió con sus ruidos y entonces surgió un hilo de agua, después un pequeño flujo y finalmente el agua corrió con abundancia, agua fresca y cristalina.

El hombre llenó la botella y bebió ansiosamente, la llenó otra vez y bebió  su contenido refrescante. Enseguida, la rellenó  hasta arriba para el  próximo viajante y enriqueció la frase:
«Créame:¡funciona!, usted tiene que dar toda el agua antes de
obtenerla nuevamente!»”