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Querido John


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Una emocionante carta de un escritor vivo, Teju Cole, a un escritor muerto, John Berger. La leo y la releo saboreando cada una de sus palabras. Me resulta especialmente poético el paralelismo que establece entre la historia neozelandesa y las plumas que delatan la presencia de Berger aún en este mundo. ¡Emocionante!

«Siempre te gustaron las historias, así que voy a contarte una. Esta sucedió en Maniototo, en el centro de la isla meridional de Nueva Zelanda, mientras el sol descendía tras la cadena montañosa de Hawkdun, en una línea naranja ondulada, con toda la oscuridad debajo.

Dentro de casa se debilita la luz. Milo tiene 11 años. Está en brazos de un hombre e inclina la cabeza, como si escuchara algo que procede de las montañas a lo lejos. Está completamente quieto. Le pregunto al hombre: “¿Cómo supiste que estaba quedándose ciego?”. “Empezó a chocarse con las cosas más a menudo”.

Sobre los ojos de Milo ha empezado a crecer un velo blanco, y su cabeza parece la de un peluche sin terminar. Hace pocos meses que está quedándose ciego. El hombre le deja en el suelo y él empieza a correr por la casa. Tiene en su memoria el plano de la vivienda. En las esquinas y las patas de los muebles han atado unas plumas para que no se golpee con las duras aristas. Un suave velo blanco que cubre sus ojos y unas suaves plumas blancas que tiemblan en la oscuridad.

Te has ido, John. No, lo diré claro, aunque suene duro: te has muerto. Falleciste en enero, y la muerte (como sabe todo el mundo) es definitiva. Sin embargo, te escribo esta carta como si pudieras leerla, como si solo estuvieras escondido. ¿Por qué? ¡Por tu culpa!

Hace unos años, durante una conversación en Ferrara, te pregunté qué pensabas de las personas muertas. Miraste al público y dijiste: “Están aquí con nosotros. Así lo creo. ¡Están ayudándonos!”. Lo dijiste con tal convicción que no tuve ninguna duda. Y no te referías a “los muertos” como categoría general, sino como personas muy concretas a las que uno ha conocido y amado.
Estuve en Nueva Zelanda dos semanas. No sé si fuiste alguna vez, pero me acordé mucho de ti. Me daba la impresión de que cada persona con la que me encontraba había tenido una muerte cercana: hijos, cónyuges, hermanos. “Et in Arcadia Ego”, como tituló Poussin su famoso cuadro. Y aun así, curiosamente, en todos los casos tuve la impresión de que los muertos convivían con los vivos y estos cuidaban de aquellos.

En una ocasión escribiste: “Tanto para los cazadores como para las presas, esconderse bien es una condición indispensable para sobrevivir. La vida depende de saber ponerse a resguardo. Todas las cosas se esconden. Lo que ha desaparecido se ha escondido. Una ausencia —como la de los que han fallecido— se siente como una pérdida, pero no como un abandono. Los muertos están escondidos en otro lugar”.

Hace seis meses recibí la terrible noticia de que habías muerto. Y, aunque eras muy mayor, me cayó encima como una oscuridad repentina. Sin embargo, John, desde entonces, he descubierto un fragmento aquí, un pasaje allá, un dibujo más allá, huellas tuyas en todo el mundo, y son como plumas que has dejado cuidadosamente colocadas en los lugares en los que nos encontramos.

Sé que solo estás escondido.

Abrazos.»

Teju Cole (escritor)
Fuente: http://elpaissemanal.elpais.com/columna/querido-john/

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Retrato de mujer



microcambios

Ilustración: Noemí Villamuza

Debe ser a elección.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale un intento.
Sus ojos son, si cabe, una vez azules, otra vez grises,
negros, alegres, sin causa llenos de lágrimas.
Duerme con él como una cualquiera, única en el mundo.
Le parirá cuatro hijos, ningún hijo, uno.
Ingenua, mas la que mejor aconseja.
Débil, mas podrá con el peso.
No tiene cabeza, pues la tendrá.
Lee a Jaspers, y revistas de mujeres.
No sabe el porqué de este tornillo y construirá un puente.
Joven, como siempre joven, todavía joven.
Sostiene en sus manos un gorrión alirroto,
su propio dinero para un viaje largo y ajeno,
un mazo, una compresa y una copa de vodka.
¿A dónde corre? ¿no está cansada?
Que no, un poco, mucho, no pasa nada.
O le quiere o se empeña.
Por lo bueno, por lo malo y por el amor de Dios.

Wislawa Szymborska

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Me confortas, me irradias


microcambiosUna mujer leyendo en el hospicio de Beaune, Francia, en 1929. Autor: Andrè Kertész (recogida en la edición de El País).

Siempre en mis manos, siempre impulsándome hacia adelante, siempre confundiéndome y anegándome,  siempre en mi pensamiento, siempre despertando una emoción, querida lectura.

 

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Lo que no podemos evitar


ideasDebemos aprender a soportar lo que no podemos evitar. Nuestra vida está compuesta, como la armonía del mundo, de cosas contrarias, así también de tonos distintos, suaves y duros, agudos y sordos, blandos y graves. ¿Qué sería del músico que solo amase algunos de ellos? Es preciso que sepa usarlos en común y mezclarlos. Lo mismo nosotros, el bien y el mal  que son consustanciales a nuestra vida.

Montaigne (Ensayos)

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Lista


microcambios

Ilustración: Miguel Anxo Prado

Amo la poesía de Wislawa Szymborska. Está conmigo siempre. Y de tanto de en tanto recurro a ella como la gran remediadora del malestar general. Hoy su libro inacabable se abre por la página del poema Lista. He aquí.

«He hecho una lista de preguntas,

cuyas respuestas ya no alcanzaré a saber,

porque es demasiado pronto para ello,

o porque seré incapaz de entenderlas.

La lista de preguntas es larga,

toca temas importantes y menos importantes,

pero como no quiero aburriros

sólo revelaré algunas de ellas:

Qué era real

y qué apenas si lo parecía

en este auditorio

estelar y bajo las estrellas

donde es necesario tanto billete de entrada

como billete de salida;

Qué pasa con todo ese mundo vivo

que no tendré tiempo

de comparar con otro mundo vivo;

Sobre qué escribirán

pasado mañana los diarios;

Cuándo acabarán las guerras

y por qué otra cosa serán sustituidas;

En qué dedo corazón estará ahora

el anillo del alma

que a mí me fue robado, que perdí;

Cuál es el lugar del libre albedrío

que es capaz de ser y de no ser

al mismo tiempo;

Qué ha sido de decenas de personas:

¿nos habremos conocido realmente?

Qué intentaba decirme M.,

cuando ya no podía hablar;

¿Por qué tomé por buenas

cosas malas

y qué necesito

para no volver a equivocarme?

Tomé nota antes de dormirme

de algunas preguntas.

Al despertarme

ya no pude leerlas.

A veces sospecho

que se trata de un código preciso.

Pero ésta también es una pregunta

que me abandonará algún día.

Wislawa Szymborska

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La gran confusión


microcambios

Escultura: Louise bourgeois

¿Qué nos pasa? El problema básico de la civilización, sea americana, alemana, inglesa, china o japonesa, radica en que confundimos nuestros sistemas de símbolos y descripciones con el mundo real y natural, el universo representado con el universo vivo, el dinero con la riqueza, las cifras con los hechos, los pensamientos con las cosas, las ideas con los acontecimientos, el ego con el organismo y el mapa con el territorio.

Alan Watts  

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Leer, amar, leer


 

microcambiosLas emociones tienen su acomodo natural en los libros. Todos ellos rezuman el sentir humano. Detrás de cada libro hay un hombre y una mujer que inventa, fabula, roba, experimenta y en definitiva escribe para ofrecer su hipótesis sobre un momento de existencia acotado en una espesura de páginas. Todos los libros obligan al lector a emprender un viaje, pero no siempre el viajero se queda en el país inventado. A veces le basta asomarse. Ese paisaje no va con él/ella. Cuando la estancia se alarga, el viajero siente. Es como si un tentáculo se cerniera sobre su corazón extrañado. Los libros producen miedo, ansiedad, asombro, tristeza, rabia, alegría, contento,dulzura… Los libros reptan en las memorias de los seres humanos y confunden a los cerebros de los precavidos y los no tan precavidos. Arman escándalos interiores y empujan al descubrimiento no deseado. Encienden luces como teas donde segundos antes sesteaba una sombra. Los libros son el cofre de las emociones, el custodio de la esperanza que con celo vigila Pandora. Son ese amor que estremece aún pasados ochenta años de vida, esa  aflicción que no conoce tregua, ese ir y venir por tierras desacostumbradas…

Te deseo no solo  un feliz día del libro sino que todos los días de tu vida sean un día de celebración lectora.

Y para acabar una lista de libros emocionables seleccionados tan subjetivamente como me ha sido posible. No están todos los que son pero si son todos los que están.

Cecilia Monllor

Alegría: Una temporada para silbar de Ivan Doig

Amor: Orgullo y prejuicio de Jane Austen

Amistad: El último encuentro de Sandor Marai

Celos: La solterona de Edith Wharton

Compasión: La impaciencia del corazón  de Stefan Zweig

Confusión: El guardian  entre el centeno de J.D Salinger

Curiosidad: El principito de Antoine de Saint Exúpery

Desasosiego: El libro del desasosiego de Fernando Pessoa

Descubrimiento: La firma de todas las cosas de Elisabeth Gilbert

Desequilibrio: El hambre de Hoffman De Leon de Winter

Enfado: Olive Kitteridge de Elisabeth Strout

Envidia: Expiación de Ian McEwan

Epifanía: La vida de Pi de Yann Martel

Esperanza: El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez

Hermandad:  El sol de los Scorta de Laurent Gaudè

Impostura: Middelmarch de George Eliot

Incomprensión : Identidad de Hanif Kureishi

Miedo: Otra vuelta de tuerca de Henry James

Orgullo: Los Buddenbrook de Thomas Mann

Pérdidas: Todo cuanto amé de Siri Hustvedt

Poquedad: Stoner de John Williams

Rabia: Klaus y Lucas de Agota Kristoff

Renuncia: Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas

Santidad: Lluvia de millones de Frank Cotrell Boyce

Satisfacción: 84 Charing Cross Road de Helène Hanff

Sentido de la vida: La muerte de Ivan Illych de León Tolstoi

Silencio: Biografía del silencio de Pablo D´Ors

Soberbia: La puerta de Magda Zsabo

Soledad: La intrusa de Eric Fayè

Tristeza: Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos

Venganza: Vestido de novia de Pierre Lemaitre

 

 

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No cerrar nunca las manos


MICROCAMBIOS

Pintura: Rafael Canogar

«Lo que nos queda palpita

en lo mismo que nos damos.

¡Darte, darte, darnos, darse!

No cerrar nunca las manos.

No se agotarán las dichas,

ni los besos, ni los años,

si no las cierras. ¿No sientes

la gran riqueza de dar?

La vida

nos la ganaremos siempre,

entregándome, entregándote».

Pedro Salinas (Del poemario Razón de amor)

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Victimismos que atañen al tiempo


microcambios

Dibujo: Jean François Millet 

«Cuentan que un campesino vivía felizmente de lo que cultivaba en sus tierras. Jamás le había importado la fama de avaro que tenía. Antes al contrario, se jactaba de sus bienes, haciendo alarde de tener los mejores cultivos de la zona.

Un día tuvo conocimiento que alguien había entrado sin permiso en uno sus cultivos y había robado algunas manzanas. Raudo y veloz abandonó todos sus quehaceres para buscar al ladrón. Se fue a la ciudad y, tras varios días indagando, averiguó quien había sido: un joven ladronzuelo que pretendía vender esas manzanas en el mercado.

Consiguió denunciarlo y fue detenido por las autoridades. Esa misma noche, el campesino lo celebró e invitó a vino a otros agricultores.

A los pocos días, el muchacho fue juzgado y condenado. El campesino, que había permanecido toda esa semana en la ciudad para asegurarse que el ladronzuelo fuese condenado, lo volvió a celebrar.

Tras casi dos semanas, el campesino volvió al campo y retomó sus labores.

Sin embargo, a los pocos días, el propietario de un campo colindante le planteó una nueva amenaza. Pretendía reajustar los lindes entre ambas parcelas y le reclamaba un metro cuadrado de tierra. El campesino puso el grito en el cielo. Se negó en rotundo y, pensó, “debo emplear todas mis fuerzas en defender mis tierras”.

Volvió a dejar sus tareas y se fue a la ciudad para buscar y contratar al mejor abogado. Permaneció en la ciudad hasta que su demanda fue presentada en el Juzgado.

Mientras el proceso judicial se prolongaba, empleó mucho tiempo en ganarse la opinión de los otros agricultores. Acudía a reuniones de vecinos, iba al mercado, a la taberna, a cualquier lugar donde pudiera contar su versión y, también, difamar públicamente a su vecino, a quien acusaba de querer quitarle terreno ilegítimamente.

También, tratando de influir en el juez, se desplazaba constantemente a la ciudad para ganarse la amistad de sus familiares y amigos, a quien invitaba a vino asiduamente. Así durante varios meses.

Cuando la Sentencia le dio la razón, el campesino estaba exultante. Toda la inversión de tiempo y dinero parecía haber merecido la pena. Durante los días siguientes permaneció en la ciudad celebrándolo con amigos y familiares. Él invitaba a vino. Estaba feliz porque, por fin, podría cultivar sus tierras tranquilamente.

Después de varios meses de luchas, había conseguido deshacerse de ladronzuelos que robaban sus cultivos, y de vecinos que le querían usurpar sus tierras. Era el momento, por fin, de retornar al campo y continuar con sus labores.

Sin embargo, cuando volvió se encontró con una desagradable sorpresa. Todos sus cultivos se habían secado. La poca fruta que había llegado a madurar, yacía esparcida por el suelo. Sólo había servido de alimento a animales. Toda la cosecha de ese año echada a perder.

Enfurecido, el campesino maldijo al ladronzuelo. También al vecino:

—Por su culpa—gritó— no he podido atender mis cultivos y ahora estoy arruinado”.

Un anciano que pasaba por allí escuchó al campesino, quien advirtió su presencia. Ambos se miraron fijamente. El anciano detectó la rabia en los ojos del campesino y le dijo:

—No dirijas tu ira contra nadie distinto de ti mismo.

Enrabietado aún más, el campesino le respondió:

–Si el ladrón y el vecino no me hubieran intentado quitar lo que es mío, nada de esto hubiera pasado. ¿De quien si no es la culpa?

El anciano, respiró profundamente, se atusó los cabellos reflexivamente y contestó:

—Es propio del hombre eminente no dejar que le escatimen nada de su TIEMPO. Si hubieras defendido tu tiempo con el mismo ímpetu que has defendido tus tierras, nada de esto te hubiera pasado.

Ante la cara de asombro del campesino, el anciano concluyó:

—Has derrochado el único bien con el que se ha de ser avaricioso: EL TIEMPO».

Fuente: Máximo Potencial  

Manuel P. Alfosea