Publicado en Pensando en voz alta

Nuestro cuarto


El 3 de marzo de 2011 transcribía en microcambios un breve texto de Edith Wharton (The fulness of Life) sobre la naturaleza de la mujer.

“Pero a veces he pensado que la naturaleza de una mujer es como una gran casa llena de habitaciones: hay un recibidor, por el que todo el mundo pasa entrando y saliendo; el salón, donde se recibe a las visitas formales… y en el cuarto más íntimo, el más sagrado de todos, el alma reposa sola, esperando unas pisadas que nunca llegan”

But I have sometimes thought that a woman’s nature is like a great house full of rooms: there is the hall, through which everyone passes in going in and out; the drawingroom, where one receives formal visits… and in the innermost room, the holy of holies, the soul sits alone and waits for a footstep that never comes.”

Poco más tengo que añadir hoy, 8 de marzo de 2018. Desde mi ámbito, la literatura, deseo que más autoras sean conocidas y leídas, que las reflexiones y la belleza de nuestras escritoras, vivas o muertas, resuenen en las mentes de las viejas y las nuevas generaciones, para que las palabras no se pronuncien en balde, para que los errores no pasen desapercibidos, para que las iniciativas se conozcan y compartan, para amar lo que somos sin renunciar a cambiar lo que sea necesario cambiar.
Y ese reposo en soledad, por derecho y elección, naturalmente, también tiene cabida en un día de celebración.

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Publicado en Microhistorias

Una poesía


 

microcambios

 Pintura: Fortuny

Festejo el día de la poesía con este poema del Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez. Me gusta desde niña. Fue mi puerta de entrada a la poesía, por eso se cuenta entre mis  favoritos.

¡Intelijencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

… Que mi palabra sea

la cosa misma,

creada por mi alma nuevamente.

Que por mí vayan todos

los que no las conocen, a las cosas;

que por mí vayan todos

los que las olvidan, a las cosas;

que por mí vayan todos

los mismos que las aman, a las cosas…

¡Intelijencia, dame

el nombre exacto, y tuyo,

y suyo, y mío, de las cosas!

Juan Ramón Jiménez 

Eternidades, 1918

 

*Juan Ramón solo usaba la grafía j en lugar de la g, por eso en el poema se escribe intelijencia y no inteligencia.
Publicado en Pensando en voz alta

Lo que no podemos evitar


ideasDebemos aprender a soportar lo que no podemos evitar. Nuestra vida está compuesta, como la armonía del mundo, de cosas contrarias, así también de tonos distintos, suaves y duros, agudos y sordos, blandos y graves. ¿Qué sería del músico que solo amase algunos de ellos? Es preciso que sepa usarlos en común y mezclarlos. Lo mismo nosotros, el bien y el mal  que son consustanciales a nuestra vida.

Montaigne (Ensayos)

Publicado en Pensando en voz alta

Leer, amar, leer


 

microcambiosLas emociones tienen su acomodo natural en los libros. Todos ellos rezuman el sentir humano. Detrás de cada libro hay un hombre y una mujer que inventa, fabula, roba, experimenta y en definitiva escribe para ofrecer su hipótesis sobre un momento de existencia acotado en una espesura de páginas. Todos los libros obligan al lector a emprender un viaje, pero no siempre el viajero se queda en el país inventado. A veces le basta asomarse. Ese paisaje no va con él/ella. Cuando la estancia se alarga, el viajero siente. Es como si un tentáculo se cerniera sobre su corazón extrañado. Los libros producen miedo, ansiedad, asombro, tristeza, rabia, alegría, contento,dulzura… Los libros reptan en las memorias de los seres humanos y confunden a los cerebros de los precavidos y los no tan precavidos. Arman escándalos interiores y empujan al descubrimiento no deseado. Encienden luces como teas donde segundos antes sesteaba una sombra. Los libros son el cofre de las emociones, el custodio de la esperanza que con celo vigila Pandora. Son ese amor que estremece aún pasados ochenta años de vida, esa  aflicción que no conoce tregua, ese ir y venir por tierras desacostumbradas…

Te deseo no solo  un feliz día del libro sino que todos los días de tu vida sean un día de celebración lectora.

Y para acabar una lista de libros emocionables seleccionados tan subjetivamente como me ha sido posible. No están todos los que son pero si son todos los que están.

Cecilia Monllor

Alegría: Una temporada para silbar de Ivan Doig

Amor: Orgullo y prejuicio de Jane Austen

Amistad: El último encuentro de Sandor Marai

Celos: La solterona de Edith Wharton

Compasión: La impaciencia del corazón  de Stefan Zweig

Confusión: El guardian  entre el centeno de J.D Salinger

Curiosidad: El principito de Antoine de Saint Exúpery

Desasosiego: El libro del desasosiego de Fernando Pessoa

Descubrimiento: La firma de todas las cosas de Elisabeth Gilbert

Desequilibrio: El hambre de Hoffman De Leon de Winter

Enfado: Olive Kitteridge de Elisabeth Strout

Envidia: Expiación de Ian McEwan

Epifanía: La vida de Pi de Yann Martel

Esperanza: El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez

Hermandad:  El sol de los Scorta de Laurent Gaudè

Impostura: Middelmarch de George Eliot

Incomprensión : Identidad de Hanif Kureishi

Miedo: Otra vuelta de tuerca de Henry James

Orgullo: Los Buddenbrook de Thomas Mann

Pérdidas: Todo cuanto amé de Siri Hustvedt

Poquedad: Stoner de John Williams

Rabia: Klaus y Lucas de Agota Kristoff

Renuncia: Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas

Santidad: Lluvia de millones de Frank Cotrell Boyce

Satisfacción: 84 Charing Cross Road de Helène Hanff

Sentido de la vida: La muerte de Ivan Illych de León Tolstoi

Silencio: Biografía del silencio de Pablo D´Ors

Soberbia: La puerta de Magda Zsabo

Soledad: La intrusa de Eric Fayè

Tristeza: Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos

Venganza: Vestido de novia de Pierre Lemaitre

 

 

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La vida como arte


microcambios

No imagino la vida sin la buena literatura. Me encantan los libros que te leen a medida que tú los vas leyendo. Como Intimidad y sus incesantes «apuñalamientos» . Como muestra esta breve reflexión de su protagonista. 

«Si vivir es un arte, desde luego es un arte extraño, un arte total, y especialmente el arte del placer vigoroso. Su forma desarrollada implica la aglutinación de un cierto número de cualidades: inteligencia, encanto, buena suerte, virtud natural, junto con sabiduría, buen gusto, conocimiento, comprensión y la aceptación de la angustia y el conflicto como parte de la vida. La riqueza no sería indispensable, pero sí la inteligencia que nos permitirá acceder a ella cuando fuese necesario. De las personas que conozco, las que poseen talento para la vida son las que disfrutan de una existencia libre, conciben grandes proyectos y los ven realizados. Son también, la mejor compañía».

Intimidad. Hanif Kureishi

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No ser quién eres y presumir de ello


microcambios

 

Colaboro en un programa de Radio sobre libros. Hoy me he acordado de uno que leí hace cierto tiempo, un curioso tratado moral que refleja un mundo donde  «acechan las trampas y reinan las intrigas». En este escenario, el arte del fingimiento, antaño tan de boga, experimenta un nuevo impulso acorde con la era era capitalista.  Basta con leer el índice para hacerse una idea general sobre qué va esto:

Controlar los arrebatos

Parecer auténtico

Mostrar indignación moral 

Parecer culto

Poner nerviosos a los demás

Engañarse a sí mismo 

 

Etc.. Y como cata lectora este breve fragmento elegido al azar:

«En un estado de alegría exultante, estamos plena y engañosamente convencidos de que nuestros amigos y conocidos, nuestros compañeros de trabajo y familiares, se alegran con nosotros. Ante un gran triunfo, caemos en el error de creer que abrazar al afortunado nos hace un poco afortunados a nosotros también. Un error, para colmo, de los más extendidos, si excluimos la envidia hacia los demás, uno de los sentimientos más venenosos que puedan existir.  Todos conocemos las disputas por un puesto de trabajo, la mirada gélida hacia nuestro piso con terraza, los celos ante nuestra bella pareja.

La envidia no necesariamente provoca sufrimiento. También es nuestra secreta vara de medir el reconocimiento ajeno. Pocas cosas nos satisfacen más íntimamente que ser envidiados. Con solo que la envidia no fuera tan peligrosa, que no fuera un acicate para que los demás nos echen del trono y nos arrojen a las sombras…

¿Cómo hay que lidiar, pues con la envidia? Siempre de tal modo que ésta crezca en los otros como impotencia, sin riesgo para uno mismo.»

¿Te animas a leerlo y comentarlo? 

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La gran belleza


Microcambios, Me mudo de sistema

Fotograma de La Gran Belleza con Jep Gambardella y Romano 

Esa necesidad de estar en la «tostada» hace que nos sintamos obligados a ver las películas, leer los libros, ver las series, navegar por los sitios de internet, ojear las revistas o frecuentar  los lugares de los que la gente habla. Esto es condición sine qua non para estar enterado/a y subirse al carro de la conversación de la mayoría. Esta premisa es completamente falsa porque esa mayoría amorfa que no conocemos ni abarcamos no tiene nada que ver con la simpleza de estar en la tostada. Y viene esta reflexión a cuento porque ayer fui a ver “La gran belleza” de Paolo Sorrentino. El motivo de ir a ver la película era Roma. Alguien me había comentado que la ciudad eterna era, sin duda, la protagonista de la película. Y sí, en cierto modo se puede decir que Roma se adueña de la cinta de principio a fin, pero después de una noche de deglución diría que el  protagonista de “La gran belleza” es el inmovilismo.  Pero no en solitario sino combinado, como un gin tonic poco equilibrado, con otro elemento inasible  que Heráclito consideraba junto a nacimiento y   muerte el único factor permanente de la existencia humana: el cambio. Los protagonistas de “La gran belleza” cada día se introducen en  su personaje para salir al mundo a decepcionarse una y otra vez o  cómo reza el dicho popular, a batirse el cobre. Conservan pocas esperanzas, intentan esconder su fragilidad, su poca confianza en sí mismos, su agotamiento vital en costumbres reiterativas. El cardenal, siempre que puede, encasqueta alguna receta culinaria a su interlocutor; Romano carece de voz, no sabe qué hacer con su vida aunque supere los 60 años y se esté dejando utilizar y maltratar por una joven que lo desprecia; Estefanía necesita oír  una verdad que le duele como un disparo directo en el corazón: lo que ha conseguido se lo debe al arribismo y su capacidad de mentirse y manipularse; Jep descubre a los 65 años que no hay tiempo que dedicar a las cosas que no te interesan. Ramona inunda con su fragilidad la tragicomedia que ve desfilar por sus ojos, como una opereta deslumbrante y absurda.

Igual que se produce una conversación general  provocada con ciertas películas, libros… también hay una conversación interna,  con un solo sujeto como interlocutor, o sea uno mismo. Inexplicables serendipias y casualidades rigen esta extraña conversación especular. Estaba releyendo el libro de relatos de Murakami «Sauce ciego, mujer dormida» y al llegar al cuento de “La chica del cumpleaños” me tropecé con una frase subrayada en amarillo. El apunte lo había realizado en  el 2008: «Una persona, llegue hasta donde llegue, jamás puede dejar de ser ella misma». 

Si pudiera resumir en una frase el efecto que me ha producido la película de Sorrentino utilizaría el breve apunte de  Murakami para sintetizarla. Al margen de la belleza de Roma, al margen de la banda sonora, al margen de los personajes complejos y trágicos, al margen de la superficialidad y la estulticia que destilan muchas escenas, al margen del lirismo, la brutalidad y la necedad, al margen de su aroma existencial,  al margen del margen…  Como decía Juan Ramón Jiménez en uno de mis versos favoritos: «No corras, ve despacio, que donde tienes que ir es a ti mismo». Y de uno mismo resulta difícil escapar. Pero en mi conversación particular hay un elemento que aporta lucidez a esta reflexión y la combate: Ser uno mismo siempre y en todas las circunstancias es también una falacia. La propia naturaleza se pelea con esta idea puesto que solo somos partículas que se agrupan y transforman según la mirada de quien observa.

Tal vez este post es excesivo. Empecé mi disertación hablando de la tostada y la termino  en una conversación interior sobre el ser: ¿acaso sabemos quiénes somos?