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25 razones para leer


 

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Hoy toca la lectura, mi tema favorito. En junio del 2013 garabateé  en mi blog  Nuncatehagaslibrero  25 razones para leer.  Me gustan tanto los libros que de vez en cuando me detengo  a pensar en la naturaleza de ese amor tan apasionado y fiel. Me pregunto por qué soy tan adicta, qué es lo que me engancha tanto y me enamora de leer… Las razones que esgrimí entonces son igualmente válidas hoy. Me gustaría, microcambieros, conocer vuestras razones lectoras, si es que las tenéis y os apetece compartirlas. De haber podido elegir una patria, os aseguro que la mía sería Nación Lectura porque en ella están todas las razas, las lenguas, las culturas (mayoritarias y minoritarias) todos los tiempos y épocas, todas las geografías… En Nación Lectura me sentiría como pez en el agua, rodeada de millonarios, como yo, cuya mayor posesión en la tierra sería apetito de conocer y tiempo de saborearlo. Y esto es todo.

1.¿Hay que tener una razón?
2. Pasar más tiempo con algo que no te da la tabarra
3. Recibir una lección de historia gratuita
4. Conocer a gente curiosa y peculiar
5. Hallar almas gemelas
6. Ayudar a un autor/a a vivir de su talento
7. Sentir un chute de gratificación
8. Holgazanear un poco sin tener que justificarte
9. Abrir la ventana del alma y dejar entrar aire puro
10. Conocer algo extraño y curioso
11. Aparcar la realidad durante un tiempo o vivir en el limbo a perpetuidad
12. Encontrar preguntas interesantes
13. Hallar respuestas sin proponértelo
14. Coleccionar amigos invisibles
15. Encender la chispa
16. Comentar libros con otros apasionados
17. Ampliar la curiosidad con autores que ni te suenan
18. Medicarte de forma barata para un mal incurable
19. Hacer terapia low cost
20. Disfrutar del auténtico lujo
21. Enamorarte
22. Cultivarte
23. Retirar la atención de los demás
24. Viajar astralmente
25. Tener libros a la vista o encerrados en un pequeño aparato algo siniestro

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Creer para ver


 

MICROCAMBIOS

Fotografía: Aitor Ortiz 

En las creencias, y no me refiero estrictamente a las religiosas, existen dos puntos de vista dispares:

Para creer,  antes hay que ver

Para que algo sea visto,  hay  que creerlo antes

 

Hay científicos en ambas orillas, hay líderes en los dos bandos, hay empresarios, artistas, gente común que comulgan con uno u otro punto de vista.  Pero los grandes visionarios solo se identifican con el segundo porque es el segundo el que  produce «fuego», «elemento», «poder personal», «confianza ciega». Los milagros los ven los que creen posible que ocurran. Es difícil imaginar las caras de los alumnos de la Bussiness School of London cuando el profesor Srikumar Bao se ratifica en su teoría de que los milagros se producen por doquier pero es necesario creerlos para verlos.

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La gran belleza


Microcambios, Me mudo de sistema

Fotograma de La Gran Belleza con Jep Gambardella y Romano 

Esa necesidad de estar en la «tostada» hace que nos sintamos obligados a ver las películas, leer los libros, ver las series, navegar por los sitios de internet, ojear las revistas o frecuentar  los lugares de los que la gente habla. Esto es condición sine qua non para estar enterado/a y subirse al carro de la conversación de la mayoría. Esta premisa es completamente falsa porque esa mayoría amorfa que no conocemos ni abarcamos no tiene nada que ver con la simpleza de estar en la tostada. Y viene esta reflexión a cuento porque ayer fui a ver «La gran belleza» de Paolo Sorrentino. El motivo de ir a ver la película era Roma. Alguien me había comentado que la ciudad eterna era, sin duda, la protagonista de la película. Y sí, en cierto modo se puede decir que Roma se adueña de la cinta de principio a fin, pero después de una noche de deglución diría que el  protagonista de «La gran belleza» es el inmovilismo.  Pero no en solitario sino combinado, como un gin tonic poco equilibrado, con otro elemento inasible  que Heráclito consideraba junto a nacimiento y   muerte el único factor permanente de la existencia humana: el cambio. Los protagonistas de «La gran belleza» cada día se introducen en  su personaje para salir al mundo a decepcionarse una y otra vez o  cómo reza el dicho popular, a batirse el cobre. Conservan pocas esperanzas, intentan esconder su fragilidad, su poca confianza en sí mismos, su agotamiento vital en costumbres reiterativas. El cardenal, siempre que puede, encasqueta alguna receta culinaria a su interlocutor; Romano carece de voz, no sabe qué hacer con su vida aunque supere los 60 años y se esté dejando utilizar y maltratar por una joven que lo desprecia; Estefanía necesita oír  una verdad que le duele como un disparo directo en el corazón: lo que ha conseguido se lo debe al arribismo y su capacidad de mentirse y manipularse; Jep descubre a los 65 años que no hay tiempo que dedicar a las cosas que no te interesan. Ramona inunda con su fragilidad la tragicomedia que ve desfilar por sus ojos, como una opereta deslumbrante y absurda.

Igual que se produce una conversación general  provocada con ciertas películas, libros… también hay una conversación interna,  con un solo sujeto como interlocutor, o sea uno mismo. Inexplicables serendipias y casualidades rigen esta extraña conversación especular. Estaba releyendo el libro de relatos de Murakami «Sauce ciego, mujer dormida» y al llegar al cuento de «La chica del cumpleaños» me tropecé con una frase subrayada en amarillo. El apunte lo había realizado en  el 2008: «Una persona, llegue hasta donde llegue, jamás puede dejar de ser ella misma». 

Si pudiera resumir en una frase el efecto que me ha producido la película de Sorrentino utilizaría el breve apunte de  Murakami para sintetizarla. Al margen de la belleza de Roma, al margen de la banda sonora, al margen de los personajes complejos y trágicos, al margen de la superficialidad y la estulticia que destilan muchas escenas, al margen del lirismo, la brutalidad y la necedad, al margen de su aroma existencial,  al margen del margen…  Como decía Juan Ramón Jiménez en uno de mis versos favoritos: «No corras, ve despacio, que donde tienes que ir es a ti mismo». Y de uno mismo resulta difícil escapar. Pero en mi conversación particular hay un elemento que aporta lucidez a esta reflexión y la combate: Ser uno mismo siempre y en todas las circunstancias es también una falacia. La propia naturaleza se pelea con esta idea puesto que solo somos partículas que se agrupan y transforman según la mirada de quien observa.

Tal vez este post es excesivo. Empecé mi disertación hablando de la tostada y la termino  en una conversación interior sobre el ser: ¿acaso sabemos quiénes somos?

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¿Dónde está el oro?


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Mi misión es encender la chispa, por  eso dedico mi tiempo y esfuerzos a compartir con los demás todos los recursos que encuentro útiles para ampliar la conciencia y generar cambios que faciliten la vida de las personas e incrementen su bienestar.  Este es un enlace interesante con centenares de aportaciones en todos los soportes. Te invito a que investigues por tu cuenta y amplies tu caudal de información. Y de paso, te hagas más rico en sabiduría.

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Lanzado al mundo: ¡Me mudo de sistema!


Me mudo de sistema

¡Me mudo de sistema! Cómo pasar de la resignación a la acción

Cecilia Monllor

Editorial Primerapersona 

Hace ya  dos años me embarqué en el  proyecto de  escribir un libro sobre cómo afecta el cambio  a las personas, qué resortes y mecanismos se activan cuando las circunstancias nos obligan al giro (cambio impuesto) o cuando nos hartamos y decidimos salir de la zona de confort para que se obre la transformación (cambio buscado). Me interesaba el proceso en sí, qué elementos comunes podían identificarse, qué transformaciones se obraban cuando abandonábamos creencias, hábitos y mentalidades fijas, cómo entendíamos el fracaso y el éxito y por qué tantas personas se estaban preguntando al mismo tiempo ¿Qué debo hacer con mi vida?  Pues bien, la respuesta a esta investigación personal ya ha salido a la luz, y su versión papel  está  disponible en las librerías on-line y en la red de  librerías independientes españolas, incluidas cadenas como FNAC, Casa del Libro y El Corte Inglés. Comparto con todos los microcambieros está jubilosa experiencia de dejar a un hijo vivir su vida independiente.

No es fácil poner punto final, pero lo he conseguido.  El destinatario de ¡Me mudo de sistema! es un lector/a curioso, interesado en el crecimiento personal, incoformista y ávido de conocimiento. El libro tiene la particularidad de incluir dos  anexos interesantes, Biblioterapia con valoraciones personales  de otros títulos  sobre temas que aparecen en el libro como: gestión emocional, cambio de hábitos, motivación, fijación de objetivos, creatividad, gestión del talento, procrastinación, gestión del tiempo, comunicación, atención plena, etcétera. Todos estos libros, en sí mismos, constituyen una biblioteca sobre el cambio.  El segundo anexo consiste en una propuesta para desarrollar un club de lectura sobre el propio libro.  Desconozco si existen otras obras con esta oferta, tal vez existan pero no me he tropezado con ninguna aún.  Aquí mi idea era sugerir al lector recursos y herramientas con los que empezar un viaje de once meses de duración, donde el reto del participante consistiera en fijar un objetivo y  comprometerse con su consecución. Para realizar este camino el participante contaría con el apoyo y la interacción de un grupo de personas (amigos, familiares o miembros del grupo con intereses similares).

¡Y esto es todo!

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El precio que pagamos


Microcambios, Cecilia Monllor

Pintura: Antonio Murado

El precio que pagamos por renunciar a nuestros sueños es incalculable. Nos arrogamos el derecho a la renuncia como una muestra más de nuestra incompetencia para gestionar nuestras vidas. Pensamos que viviremos siempre, que habrá tiempo para remediar el error o cambiar el rumbo, pero lo cierto es que estamos en este mundo un limitado número de años y que ninguno de nosotros sabe la hora en que  lo dejaremos todo como estaba, la página en el libro marcada, la lista de la compra con todo lo que falta, el papel de Hacienda sin arreglar, el cajón desordenado o el proyecto en curso, inconcluso. Comprender que no vivimos para siempre es la más lúcida certeza con la que llegamos a este mundo y sin embargo la luz siempre nos abandona en el momento justo cuando más lo necesitamos para encarar la tiniebla y distinguir las dificultades que supone tener el arrojo de decir sí o no a lo que llega con el soplo leve de lo desconocido, bajo el disfraz del miedo a no estar a la altura de las circunstancias.

Si uno no se resigna a tener una vidita o una vida pequeña, entonces… Sí,  entonces aparece la rabia del ¡basta ya!,  o el  quiero algo más en mi vida, no me conformo, me rebelo y el mecanismo de la transformación se pone en marcha para reordenar las prioridades, abandonar creencias, adoptar otra mentalidad y otra actitud, enfocarse en el aquí y ahora. Y por decisión propia uno actúa y se apasiona con su cambio. Eso, más o menos, significa Mudarse de sistema

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5 maneras de acabar con el «date prisa»


Microcambios,  Rebecca Dautremer

Ilustración: Rebecca Dautremer

Date prisa es una expresión común y corriente de personas estresadas, enfocadas en la utilidad y poco disfrutadoras. Se lo sueltan (¿o debería decir soltamos?) a todos los que nos rodean:  hijos, pareja, empleados, compañeros, amigos…  A veces el «date prisa» está tan interiorizado que ni siquiera se verbaliza, se muestra con el gesto impaciente, hosco, desdeñoso…  Aparece en toda clase de acciones: atascos,  al comienzo de una película,   a la hora de comer,  en la cola del supermercado, frente al semáforo rojo, incluso en el transcurso de un funeral. Para los impacientes lo importante es tachar elementos de la lista de cosas que hacer. Importa más la eficiencia que la satisfacción de hacer. «Date prisa» está agazapado en una exigencia de puntualidad: «oye, tengo cosas mejores que hacer que compartir tu ritmo». Lo curioso es que esos asuntos mejores, normalmente son vaguedades. Porque si, realmente, funcionáramos por el criterio de la priorización las  haríamos y permitiríamos que el otro apechugara con su ritmo.

El tiempo de las personas es uno de los misterios más difíciles de resolver ( y aunque cueste entenderlo guarda más relación con las emociones que con la acción). Funcionar en el modo «date prisa» incluye en el paquete toda una declaración de intenciones: Yo la tengo, y punto.   Pero ¿qué ocurre cuando en nuestro entorno aparece un «me tomo mi tiempo para cualquier cosa»? El me tomo mi tiempo sencillamente tiene otra actitud y otras prioridades. Es tan humano y falible como cualquiera de nosotros pero vive mejor, porque no sufre de impaciencia, estrés ni quiere estar siempre en otro lado haciendo la siguiente cosa de la lista. Para cambiar el chip y disfrutar de la mentalidad «me tomo mi tiempo»pueden practicarse estos cinco trucos:

  • Fijar la atención en el momento y en la propia acción, en el aquí y el ahora
  • Empezar la práctica en modo experimento: ¿qué pasaría si hoy me libero de las prisas y observo cómo funciono?
  • Contar hasta diez antes de soltar el consabido date prisa al prójimo (hijos, pareja, amigos, compañeros…)  y morderse el labio para no decirlo ni tampoco mostrarlo
  • Probar a vivir un día sin listas de ninguna clase
  • Suplir la impaciencia por la observación (¿qué puedo aprender del otro que no actúa como yo?) y celebrar cada pequeña victoria consignándola por escrito
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La tortura de no hallar el talento propio


puzleSe puede gastar una fortuna de tiempo y dinero buscando pasiones ocultas que no somos capaces de descubrir en nosotros mismos. ¿Por qué unos lo tienen tan claro y otros no? ¿Será porque  las fórmulas para todo el mundo son ineficaces?

Empecemos por desenrollar la madeja. Hay personas que disfrutan mucho con su trabajo porque lo consideran una extensión de su pasión vital  y otras que, sin considerar sus trabajos una condena, no disfrutan, sólo pagan facturas mientras vuelcan sus pasiones en otra parte, la práctica de una afición, por ejemplo. También hay los que ni disfrutan con su trabajo ni tampoco de su tiempo de ocio. Sólo se sienten desdichados por no saber quiénes son ni para qué valen. Pero existe una cuarta tipología bastante frecuente: los que sienten una gran inquietud por saber cuál es su sitio pero, pese a su búsqueda, no lo han encontrado.

Para despejar el camino preguntémonos si  encajamos en la tipología:

A. Personas dispersas, con muchos focos de interés

B. Personas centradas en intereses concretos

C. Personas sin intereses claros

Avanzando un paso más allá cuestionémonos si existe un hilo conductor en los desempeños laborales y/o aficiones a las que nos hemos dedicado hasta el momento. Para los teóricos esta tarea resultará muy fácil, pero para los que no lo son, ni se imaginan siquiera cómo acometer una investigación en pos del supuesto hilo,  la tarea en sí les resultará exasperante.  El teórico indagará en su pasado buscando relación entre sus elecciones, vínculos, desempeños, personas… Se hará preguntas y vislumbrará pequeñas lucecitas que le guíen  en su búsqueda. Los del otro extremo necesitan PROBAR, meterse de lleno en la búsqueda de actividades y personas que puedan clarificar su nebulosa.

 Todos somos diferentes, pero al mismo tiempo, todos buscamos un lugar propio. Ese lugar propio, el elemento, del que escribe Ken Robinson, reivindicándolo  como componente singular del individuo para el  disfrute de una vida laboral y personal, no es un objetivo en sí sino un proceso. Es necesario  evitar la desolación y el derrotismo, y probar. En la acción aparece el descarte y el descubrimiento. Así que nada mejor que dejar de lado al peor enemigo (o sea uno mismo) y elegir el camino más  idóneo para cada cual: los teóricos, la reflexión y los otros, el mejor antídoto contra el conformismo: ¡la acción!

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La lista Forbes de placeres cotidianos


microcambios

Cotidiano es un adjetivo con mala prensa. Retumba en los oídos con el runrún de rutina, ya conocido, poco sorpresivo, monótono… ¡Ah!, pero admite una vuelta de tuerca cuando se alía con un sustantivo tan clamoroso como placer. De pronto el reconocible cotidiano adquiere intriga y lustre con la incorporación de un atractivo acompañante. ¿Quién no quiere para sí mismo algo placentero, algo que despierte sus sentidos y produzca el mismo efecto que una bola de nieve rodando por una ladera? El asunto es que la vida impaciente gasta cada vez menos espacio de su milimetrado programa en recordar lo que ya está a disposición de cada cual. Y lo bueno es que no hay límite ni escasez porque abundan los placeres cotidianos no traspasables, o lo que es lo mismo: hechos a medida para cada individuo.

Escribir sobre los placeres cotidianos me ha obligado a pensar en qué considero yo un placer cotidiano. Me he puesto a hacer mi inventario y he descubierto que soy como el rey Midas, una súper millonaria del disfrute cotidiano. Puede que la muestra adjunta no despierte grandes pasiones en otras mentes, o puede que sí. No importa. Lo interesante de esta reflexión escrita es la idea en sí. Los demás no siempre quieren lo que tú quieres.

CATÁLOGO RESUMIDO DE PLACERES COTIDIANOS 

  • Una taza de té caliente con aroma a bergamota
  • El currusco de pan que arranco de la barra y me voy comiendo por el camino
  • La alegría inmensa del retorno de los  barcos de pesca  a puerto
  • Comprobar cada mañana que mi catálogo de achaques sigue intacto y a pesar de ello tengo salud
  • La certeza de que los amigos están ahí ¡benditos sean!
  • Los gestos sinceros y honestos
  • El tacto del embozo de la sábana
  • El libro en la mesilla de noche
  • El interruptor de la luz cuando lo pulso y enciende
  • El sonido del teléfono cuando viene acompañado de una voz querida
  • Abrir la nevera y encontrar un alimento apetecido
  • El saldo del banco cuando se mantiene alejado de la zona de números rojos
  • Encontrarme en la calle con alguien que me cae bien
  • Recibir  buenas noticias
  • Ver la imagen en el whats app de mis hijas
  • Tomar café con mis amigotas
  • ¡La luz!
  • Escribir sobre cualquier asunto que me interese
  • Escuchar un chiste, un sucedido humorístico o una frase ingeniosa
  • Comprobar que no se me ha roto ningún huevo de los que he comprado
  • Comer queso
  • Escuchar palabras de afecto
  • Sentirme positiva y viva
  • Entrar en una tienda donde me conocen y escuchar ¡hola Cecilia!
  • Una cita inesperada
  • Encender el ordenador y comprobar que funciona a las mil maravillas
  • El olor a limpio en la ropa y en la casa
  • Ese golpecito de calor tan delicioso cuando se viene de fuera y se llega a casa
  • El frío invernal y el calor veraniego
  • Las flores de las orquídeas
  • El primer trago de cerveza (como sugiere Philippe Delerm)
  • El agua caliente y fría saliendo milagrosamente del grifo a voluntad
  • El mar cambiante y misterioso
  • El concierto número dos de Rachmaninov  y sus evocaciones del Pirineo leridano
  • Imaginar los pormenores de un viaje en proyecto
  • Divagar un rato sobre cualquier cosa que me ilusione
  • Posar la mirada en mi biblioteca
  • Comprar un nuevo libro
  • Buscar un tema interesante y empaparme
  • Ver en Canal Cocina un programa de mis cocineros favoritos
  • Pensar un instante en todas las personas que quiero (y sentirlas con el pensamiento)
  • Un whats app ingenioso
  • Tirar de la cadena y comprobar que el agua limpia los desechos
  • Comer con hambre
  • Pasar miedo viendo una peli
  • Abrir el armario y constatar que me podría pasar los próximos ochenta años sin tener que ir a ningún sitio de compras
  • Sentir los pies calentitos
  • Los minutos de inspiración y euforia
  • El olor a bizcocho recién hecho
  • Los hallazgos inesperados
  • El repaso de agradecimientos diario
  • El silencio de la noche
  • Las celebraciones que se conciben  como regalos de experiencias compartidas (cine, teatro, excursiones, cenas, conciertos, fiestas…)
  • El momento en que se apagan las luces y la vida se sume en el letargo
  • El amanacer (cuando soy capaz de verlo)
  • Salir de pilates con la sensación de que soy una campeona (jamás tengo ganas de ir)
  • Los últimos cinco minutos en la cama holgazaneando antes de levantarme
  • El cigarrillo que me fumo con auténticas ganas
  • La alegría de que alguien me cuente algo interesante ¡y compartirlo!
  • Una buena noticia en el telediario
  • Los objetos que me recuerdan personas, situaciones o viajes
  • La gente buena
  • Soñar con los ojos abiertos
  • Sentirme parte de Dios y de su creación
  • Y la dosis diaria de chocolate, c´est merveilleux

En resumen, algunos de mis placeres cotidianos no necesitan el concurso de nadie, salvo de mí misma. Otros requieren la colaboración de los demás para producir esa chispa placentera. Todos son cotidianos, pequeños, insignificantes y, por eso mismo, importantes. Haberlos catalogado como si fueran mariposas en manos de un lepidóptero exultante ha logrado un destello de conciencia lúcida. Sí, amigos, en mi peculiar lista Forbes de placeres cotidianos, voy escalando puestos rumbo a la cima a una velocidad vertiginosa.

¿Y qué hay de los vuestros? Estoy deseosa de descubrirlos. 

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2014


Monet

Pintura: Monet

Todos los primeros de enero me pregunto qué me deparará el año que estoy a punto de estrenar. Y todos los 31 de diciembre me sorprendo cavilando en los acontecimientos que han ocurrido y no he previsto. Las tragedias y las comedias se suceden en esta vida humana, y hay tantos matices en el dolor y la alegría que clasificarlos llenaría el curso de una existencia completa. Hechos que se presentan como dramas luego se transforman en bendiciones, alegrías que parecen calentar el corazón mutan en gélidos inviernos una vez traspasan el rubicón de lo cotidiano.

Los seres humanos somos sinfonías en preparación y nuestras vidas, pese a la apariencia de normalidad, resultan tan imprevisibles que sólo cuando nos damos un respiro para pensarlo, comprendemos nuestra naturaleza de dioses. Con Dios compartimos la sorpresa de crear y construir cada día de nuestra existencia. Somos hombres y en Dios alcanzamos el grado de sofisticación exigible a una máquina de perfección semejante a la nuestra. De Dios procede la grandeza que nos permite abrir la mente al perdón y al agradecimiento.  Así que, aunque me repita, como todos los finales y principios de años, deseo mantener intacto el asombro, mezcla de expectación y desasosiego, para comprobar lo milagroso que es estar vivo y asistir al espectáculo de esto que llamamos con pobreza de matices, vida.   A esto, uno jamás se acostumbra. Porque amar la vida es, no ocurre como a menudo resumimos queriendo acortar la conversación. Y recordarlo viene  de perlas. Las cosas no ocurren. Las cosas son. Y es perfecto que así sea,  aunque a decir verdad, reconozcámoslo, resulte mucho más sencillo enunciarlo que practicarlo

¡Feliz 2014, microcambieros! Nos espera lo desconocido. ¡Allá vamos!