Publicado en Pensando en voz alta

Tan bella palabra


 

 

Microcambios, Rafal Olbinski, gracias, cuentos, había una vez

Ilustración: Rafal Olbinski

¡Gracias! ¿Hay una palabra más hermosa en  el mundo? Para mí agradecer supone un viaje al  principio de los tiempos, a ese “había una vez” con el que arranca cada historia. 

Había una vez una criatura curiosa que salió de la cueva y descubrió el horizonte

Había una vez una gota de agua que se junto con otra y formó un mar

Había una vez un volcán que se cansó de ser volcán y se apagó para que pudiera construirse un pueblo en sus faldas

Había una vez una mano que se enganchó a otra para ofrecer seguridad y protección

Había una vez una lágrima que se cayó de un lagrimal y se convirtió en mineral

Había una vez una mujer que cantaba en el interior de una iglesia vacía y al oír retumbar su propia voz se echó a reír

Había una vez un hombre con dos pies en los zapatos y un cerebro en la cabeza que empezó un viaje

Había una vez una niña que improvisó con unos lápices de colores un tesoro

Había una vez un pavo que se alegró de servir para comida de fiesta

Había una vez un libro al que se le cayeron todas las letras dentro de una sopa humeante

Había una vez un castillo que convertía a todo quien cruzaba su foso en rey/reina para la eternidad

Había una vez un corazón agradecido que buscaba acomodo en cuerpos entristecidos

Había una vez un blog que daba las gracias cada vez que alguien lo buscaba por los misteriosos caminos de la serendipia

Tantas cosas, personas, seres vivos,  circunstancias, emociones por las que estar agradecido….  ¡Gracias! ¡Tan bella palabra! 

 

 

Publicado en Microhistorias

¡Te envidio, chico del semáforo!


Admiro de verdad al chico negro que se coloca en el semáforo de al lado de mi casa. No sé si canta bien o mal, porque nunca me he fijado en la musicalidad de sus canciones. Lo que más me asombra es su dominio de la situación: no sólo canta sino que al mismo tiempo sonríe. Y la impresión que deja en el interlocutor es que no le pueden ir mejor las cosas. Observo que todo el mundo habla con él y le saluda. Llegan los repartidores y se paran a preguntarle cosas y él dice: hoy ha hecho un poco de frío pero biennnn y alarga el bien hasta que se le derrumba la palabra en el parapeto de los dientes. Si no le das dinero ni le compras nada, te sonríe igual y te saluda como si le hubieras dado todo lo que tenías. Inexplicable. Su forma de subir la mano y expresar de forma gestual algo así como: “no pasa nada ni te preocupes” me fascina. Como lo veo casi todos los días, me he sorprendido bastantes veces pensando: hoy lo pillo in fraganti, hoy no sonríe, ni canta; ¡tiene que ser humano este chico! Pero hasta ahora él lleva ganado todos los tantos. Pronto, pienso, se contagiará de nuestros malos modos, de nuestra inexpresividad, de nuestras prisas por llegar adonde sea.

Me intriga cómo habrá sido su educación, en qué habrá contribuido la genética a esta actitud tan envidiable, qué secretos encerrará esa mente tan alineada con vivir de la mejor manera posible. Para mí es  un auténtico enigma.

Lo reconozco: envidio a este desconocido. Me hace bien verlo cada día. Y me doy cuenta de no está en mi semáforo porque sí. Está ahí para recordarme cuando salgo y entro que la tierra no gira alrededor de mí, que no se puede ser feliz si no das. No me engaño con ese pensamiento bobo de la envidia sana. Eso no existe. Lo que existe es querer lo que otro tiene aunque tu deseo no sea arrebatárselo sino compartirlo. Yo quiero la capacidad de este chico para transformar a la gente. Cuando empecé Microcambios, hace justo un año, no sabía muy bien adónde me llevaría el blog. Me sentaba a escribir y elegía temas según mi motivación y el interés por el asunto. Hoy sé algo valioso de él: no es su contenido sino la actitud con que se concibió (para dar, para compartir, para extender, para oír, para saberos presentes al otro lado de este mundo virtual) lo que lo dota de sentido. No se puede recibir sin dar. Os estoy muy agradecida, lectores de Microcambios, por recordarme que un yo centrado en los otros es mucho más interesante y pleno que un yo centrado en uno mismo.
¡Gracias!
Cecilia Monllor