Publicado en Pensando en voz alta

Lo real y lo imaginado


Leer a pensadores de hace varios siglos es adictivo.  En el extracto que he seleccionado Baltasar Gracián comenta los efectos del exceso de expectación y cómo ésta influye en la imaginación de las personas. Su dialéctica nos conduce a  percibir los efectos negativos de “sobreinflar” la imaginación ajena. Ahora bien ¿realmente podemos controlar la mente ajena? ¿es crear demasiadas expectativas un tipo de manipulación si nosotros estamos convencidos de la bondad de lo que transmitimos u ofrecemos? ¿La táctica de la exageración es inteligente? Pensemos en voz alta.

“No crees demasiada expectación. Es frecuente que lo muy celebrado antes de realizarse, parezca después menos que la expectativa que se creó. Nunca lo real ha igualado a lo imaginado, porque es fácil concebir  algo perfecto, pero muy difícil realizarlo con exactitud. La imaginación se casa con el deseo y crea una fantasía que es lejana a lo que puede dar la realidad. Por grandes que sean las excelencias que hagas, no bastan a satisfacer tu idea, y mientras más hayas engañado a la gente creándoles exorbitante expectación, más pronto se desengañarán y dejarán de admirarte. La esperanza es la gran falsificadora de la verdad: corríjela con la cordura, y procura que la satisfacción sea superior al deseo. Mejor es dar unos principios, unos detalles para despertar la curiosidad, sin engrandecer demasiado el objeto buscado. Mejor es cuando la realidad excede a la idea y da más de lo que se creyó. Olvida esta regla, si las cosas te salen mal, pues en ese caso lo que te ayudará será la exageración. Cubrirás lo que resultó mal con aplausos, y lo que se temió fuese un fracaso llegaría a parecer bien a todos”.


			
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¿Quién hace lo que no te gusta?


“Es que esto no me gusta”, suelen decir los niños cuando les pides algo que les fastidia hacer. Entonces el adulto pone cara de circunstancias y dice aquello de:  “hay que hacer las cosas, tanto si te gustan como si no”. Y, o bien se zanja la disputa, o se echa leña al fuego con nuevas argumentaciones. Hay una fórmula mágica para canalizar esta protesta y consiste en formular la pregunta ¿quién hace lo que no te gusta? Responderla te obliga a pensar. De paso, descubres que ciertas cosas que te disgustan estás obligado a hacerlas por el simple hecho de que no hay posibilidad de que te sustituyan. Pero otras sí. Y aquí es cuando  Gracián aconseja: ” hacer uno mismo todo lo que agrada a los demás; por terceros lo que disgusta”.