Publicado en Microideas

¿Pétalos o espinas?


El célebre aserto: «un pesimista  es un optimista bien informado» confirma la teoría de que el pesimismo goza de  mejor consideración social que el optimismo. El propio hecho de la muerte ya llena de pesimismo la existencia: si nacemos para morir, ¿en qué momento encaja el optimismo? Los defensores de «la vida es atroz, injusta, impredecible, aleatoria, dolorosa…» y cuantos adjetivos más queramos añadir no necesitan indagar  demasiado para encontrar argumentos de peso. Una película o un libro son buenos si se enfocan en la tragedia. Si por el contrario dirigen la mirada hacia el lado bueno de la vida, resultan obras entrañables y ligeras (pero con una cierta superficialidad: recordemos que la vida no es ninguna comedia y el alegre es  un iluso). La profundidad está ligada a la oscuridad y el drama. Los alegres desentonan en las negruras de las guerras, las hambrunas y las plagas endémicas. No tienen lugar. Y es curioso que muy pocos se atreven a investigar y resaltar los valores humanos, de optimismo y esperanza, en la vorágine de la tragedia. Yo creo que esto ocurre porque confiamos ciegamente en la rigidez de las categorías que en cierto modo automatizamos para que nos sirvan una y otra vez, sin necesidad de pensar.  Rara vez tenemos en cuenta el contexto y por lo tanto, rara vez aceptamos que la vida no es ningún valle de lágrimas sino un don que recibimos y que hemos de explorar a conciencia con suma atención.

Me identifico con la cita de Kahlil Gibran:  el optimista ve la rosa y no sus espinas; el pesimista mira las espinas, sin percibir la rosa.

¿Tú qué prefieres: pétalos o espinas? Yo, pétalos

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El perfeccionismo infantil


En el fondo de mi cabeza se ha quedado merodeando una historia que me contaron hace tan sólo unos días. La protagonista es una niña de ocho años, una preciosa niña que va a clases de ballet y que es buena haciendo los ejercicios de danza. El problema de esta niña radica en que cuando algo le sale mal su reacción resulta desproporcionada, llora con un desconsuelo que encoge el corazón, sufre ataques de rabia contra ella misma y da igual lo que las otras niñas le digan: no es capaz de convertir el incidente en lo que es: una nimiedad. Supongo que esta niña irá creciendo con sus ataques de rabia desbordándose y su autoflagelo por un listón tan alto que no puede alcanzar. El perfeccionismo no ayuda a crecer, pero ella, claro está no lo sabe.

Me preocupa que nadie del entorno de esta pequeña, observando su comportamiento,  no le explique lo mucho que le hace falta cambiar su mentalidad fija por una de crecimiento. Necesita saber cómo lo importante en la vida no está en  el «puedo hacerlo», la meta,  sino el ¿cómo lo hago», el proceso.

Si en vuestro entorno encontráis niños con afán de perfeccionismo, explicarles que fracasar es necesario para la vida y que el no fracasa no puede entender qué es el éxito.

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Automatismos


Cheques entregados que llevan la fecha del año anterior, facturas que se realizan con una plantilla y no se les cambia el número, saludos espontáneos a alguien vagamente conocido y que resulta ser el reflejo en el espejo de uno mismo…. todos comportamientos automáticos. Cuando actuamos así, estamos recibiendo y usando señales del mundo que nos rodea sin permitir el acceso de otras que nos sacarían del error. Y esta forma de actuar sin pensar, nos perjudica. Es como vivir en la velocidad piloto automático sin usar la inteligencia ni la conciencia. Ya sé que estos ejemplos son triviales e inofensivos, pero las pequeñeces marcan las diferencias en la vida. Crear nuevas categorías en las que apoyarnos para vivir con el piloto automático apagado, como sugiere la profesora Ellen Lang, es la gran virtud de practicar la atención plena. 

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La lucidez: reflexiones de un editor sobre el tiempo y la lectura


Me gusta la gente reflexiva e inteligente que se para a dilucidar sobre aspectos que otros consideran una nimiedad. El editor alemán Michael Krüger en una entrevista de Juan Cruz en El País reflexiona sobre el tiempo en la lectura. Y escucharlo me resulta de un gran valor.

Le pregunta Juan Cruz si se puede hablar del futuro como una broma, a lo que él contesta: «Si tienes mi edad, 67 años, por supuesto que puedes hablar del futuro con sentido del humor. Nadie supo pronosticar la crisis global que estamos sufriendo. Ni siquiera las personas con un alto nivel educativo, con dinero, con cultura. Nadie. Nadie pensó que iba a haber una reunificación en Alemania. Nadie pensó que en África iban a sublevarse. Nadie pensó que Facebook iba a cambiar la sociedad. Hace 20 años nadie pensó que las personas iban a caminar por la calle con un teléfono móvil. Antes solía contentarme con poder leer un periódico por las mañanas. Hoy hay gente que no está satisfecha si no recibe 15 periódicos al día en su ordenador. Al final me sentaré y miraré el árbol y la casa que tengo delante. Y me moriré con ese árbol delante de mis ojos.

P. Muchos cambios. ¿Y cómo afectarán a la lectura?

Afectan a nuestra propia existencia. Esto significa que en estos momentos en que vivimos nadie tiene tiempo. Es muy habitual escucharlo. ¡No tengo tiempo! Si empleas aunque sea un periodo muy breve de tiempo en leer basura se lo estás quitando a una lectura de un poema de Góngora. Cuanta más basura haya menos tiempo tendrás para ti. Y es una situación paradójica: escuchar a gente decir que no tienen tiempo. ¡Porque sí lo tienen! Y, claro, en ese vaivén la lectura se ve perjudicada. Porque no se puede leer más rápido. A Proust no se le puede leer en menos de tres meses. Y eso hace que la máquina se enfade. La máquina lo que quiere es que una persona pueda leer a Proust en dos días. La máquina pensará en crear formatos más cortos, en resúmenes, en tiras de cómic… Lo que ocurre me recuerda una cita de Woody Allen; después de leer a Dostoievski le preguntaron sobre el libro y dijo: «Lo único que puedo decir es que es ruso». La lectura es totalmente contraria a esta aceleración. A este ritmo. Cualquier cosa sí se puede adaptar a este ritmo, pero la lectura no.»

Leer la entrevista completa: http://www.elpais.com/articulo/reportajes/editores/lectores/apasionados/elpepucul/20110403elpdmgrep_8/Tes

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Donde te lleve la imaginación


La realidad puede que te lleve de la a a la z pero ¿adónde te lleva la imaginación? Parece mentira que una herramienta tan poderosa y útil esté tan arrinconada en nuestro día a día.  La imaginación tiene, injustamente mala prensa. «Anda, baja de la nube», nos dicen cuando expresamos en voz alta elucubraciones que otros aplastan como un mosquito molesto. Pero imaginar ha sido la tabla de salvación de muchas personas y no estoy refiriéndome a J.K. Rowling (que también) sino a gente como tú y yo, que ni nos hemos planteado esta cuestión porque entre otras cosas ¿para qué sirve tener imaginación? ¿qué beneficio práctico nos puede aportar? No hay nada más estimulante para el pensamiento que plantear un reto. Pregúntate para qué es útil en tu día a día usar la imaginación y, si te apetece, deja constancia de tus reflexiones  en el post.

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Estás aquí para ser feliz


Me emociona esta historia. Y no me canso de verla. Y aunque no me olvido que es un anuncio de Coca-cola, comparto con Josep Mascaró la condición de «suertuda» e intento agarrarme al consejo que le da a Aitana: estas aquí para ser feliz.  Quizás no lo consigamos, pero lo que no me cabe la menor duda es que la chispa de felicidad arranca de hacer felices a los demás y sin ese dar no hay ninguna posibilidad de sentir alegría.  Como dice Josep: «No te entretengas en tonterías que las hay y vete a buscar lo que te haga feliz que el tiempo corre muy deprisa… Lo único que no te va a gustar de la vida es que demasiado corta: estás aquí para ser feliz».