
Dibujo original de Antoine de Saint Exùpery para «El Principito»
Escuchas y también me siento escuchada.
Expones y puedo exponer.
Te sientes libre para expresarte, me siento sin cortapisas para hablar.
Pides contrastar mis fuentes y yo puedo contrastar igualmente las tuyas.
Discrepas de mi discurso y yo tengo la posibilidad de discrepar del tuyo.
Renuncias a domesticarme, renuncio a domesticarte.
Renuncias a llevar la razón porque sí y asumo tu misma renuncia.
No me agredes ni verbal ni físicamente y yo tampoco lo hago.
Me tratas con deferencia y yo te trato de igual manera.
Valoras mis gestos de respeto y yo valoro los tuyos.
Gestionas con paciencia tus disensiones, gestiono con paciencia las mías
Si te pasas de la raya te disculpas, si me paso de la raya me retracto.
Si nuestro diálogo se empantana, somos inteligentes para buscar recursos que nos permitan reanudar la conversación.
No tomas parte de mi discurso y lo tergiversas, no tomo parte de tu conversación y la saco de contexto para mi causa.
No entiendes mis sentimientos pero no te mofas de ellos, ni tampoco de lo que yo creo; no entiendo los tuyos, pero no te ridiculizo, ni a lo que sientes ni a lo que crees.
La finalidad de nuestro diálogo dista de convencernos el uno al otro, o tener la razón, o disentir, o averiguar que pensamos de manera parecida. Dialogamos para ir más allá de nosotros mismos, aunque seamos diferentes y no compartamos opiniones, creencias, puntos de vista, época histórica, sexo, procedencia geográfica, credo político, etc… Al entablar un diálogo, tú y yo nos batimos el cobre por el mismo objetivo. Queremos traspasar la apariencia, entrar el uno en el otro y apartar los clichés para vernos como seres humanos, para entendernos. La pena es que no siempre lo conseguimos. Entonces desaparece el diálogo y en su lugar se instala la polarización, el prejuicio, el odio, el desprecio, el juicio sumario y la acusación.
Merece la pena el esfuerzo por entendernos. Ahora y siempre.


Una mujer leyendo en el hospicio de Beaune, Francia, en 1929. Autor: Andrè Kertész (recogida en la edición de El País).
Debemos aprender a soportar lo que no podemos evitar. Nuestra vida está compuesta, como la armonía del mundo, de cosas contrarias, así también de tonos distintos, suaves y duros, agudos y sordos, blandos y graves. ¿Qué sería del músico que solo amase algunos de ellos? Es preciso que sepa usarlos en común y mezclarlos. Lo mismo nosotros, el bien y el mal que son consustanciales a nuestra vida.

Las emociones tienen su acomodo natural en los libros. Todos ellos rezuman el sentir humano. Detrás de cada libro hay un hombre y una mujer que inventa, fabula, roba, experimenta y en definitiva escribe para ofrecer su hipótesis sobre un momento de existencia acotado en una espesura de páginas. Todos los libros obligan al lector a emprender un viaje, pero no siempre el viajero se queda en el país inventado. A veces le basta asomarse. Ese paisaje no va con él/ella. Cuando la estancia se alarga, el viajero siente. Es como si un tentáculo se cerniera sobre su corazón extrañado. Los libros producen miedo, ansiedad, asombro, tristeza, rabia, alegría, contento,dulzura… Los libros reptan en las memorias de los seres humanos y confunden a los cerebros de los precavidos y los no tan precavidos. Arman escándalos interiores y empujan al descubrimiento no deseado. Encienden luces como teas donde segundos antes sesteaba una sombra. Los libros son el cofre de las emociones, el custodio de la esperanza que con celo vigila Pandora. Son ese amor que estremece aún pasados ochenta años de vida, esa aflicción que no conoce tregua, ese ir y venir por tierras desacostumbradas…