Publicado en Pensando en voz alta

Un claro desafío


El mundo de hacer, buscar, llevar, comprar y vender al cual das la mayor parte de tu vida laboral está regido por ciertas leyes, obsesionado por ciertos defectos (que tal vez tú puedas ayudar a curar) y amenazado por ciertos peligros que quizás puedas ayudar a prevenir.

H.G. Wells

Imagen: Andy Kehoe

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Ajustar las velas


Reír es arriesgarse a parecer un tonto

Llorar es arriesgarse a parecer sentimental

Recurrir al otro es arriesgarse a comprometerse

Exponer los propios sentimientos es arriesgarse a desnudar tu verdadero yo

Exponer tus ideas y sueños ante la multitud es arriesgarse a perderlos

Amar es arriesgarse a no ser correspondido

Vivir es arriesgarse a morir

Tener esperanza es arriesgarse a desesperarse

Intentarlo es arriesgarse a fracasar.

Pero hay que correr riesgos, porque no hay peor riesgo en la vida que no arriesgar nada. La persona que no arriesga, que no hace nada, que no tiene nada… no es nada. Tal vez evite el sufrimiento y el dolor, pero no aprenderá, no sentirá los cambios, no crecerá ni vivirá verdaderamente.

Encadenado a su miedo es un esclavo que ha perdido toda libertad. Sólo quien corre riesgos es libre. El pesimista se queja del viento, el optimista espera que cambie,  y el realista ajusta las velas.

William A. Ward  (Reader´s  Digest)

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Invertir en un buen Plan de Emociones


Microcambios

Esta mañana, después de la ración habitual de truculencias en el mundo con el que mi periódico me premia por haber salido de la cama, he resuelto coger lápiz y papel para redactar una lista de las cosas en que soy rica. Sabía que iba a ser larga porque, por algo, lleva el  mundo  existiendo millones de años, pero no imaginaba cuánto. Realmente no es que sea rica, es que soy millonaria. El descubrimiento, admitámoslo, volvería loco de contento a cualquiera y yo soy como cualquiera, así que he decidido compartir cómo he llegado a esa conclusión y qué cálculos he realizado para evaluar mi fortuna.  Debo, sin embargo, hacer una confesión previa. Desde hace unos meses estoy empleada a fondo en ver el mundo al revés a como lo contemplan los medios de comunicación y los aguafiestas. Acepto la existencia de la maldad gratuita, la injusticia, la avaricia, la codicia, la tristeza, la envidia, el resentimiento, la insignificancia, la mentira, la avidez pero les he quitado toda su relevancia al apartarlas del foco de mi atención.  Ahora estoy enfocada en aspectos de la existencia  más satisfactorios  y  productivos para mí como la verdad, la valentía, la compasión, la generosidad, el altruismo, la honradez, la dignidad,  el agradecimiento,  la solidaridad, la libertad y el respeto. He conseguido, gracias a mi tozudez y mi compromiso con mi verdad, ver y sentir de otra manera. En cierto modo discurro por el mundo en versión Taoísta. Percibo los colores, los matices de la luz y las diferentes texturas de las cosas; rechazo el burdo blanco y negro de las imposiciones porque la realidad sólo es como cada uno la construye, ni más ni menos.  El hecho de elegir a qué atiendo me convierte en una astuta ahorradora de felicidad. Ahora soy más feliz y más inteligente de lo que era antes de contratar un plan de emociones, sobre todo porque en el Haber mis  activos en  positivismo han crecido como la espuma. Probablemente muchos de vosotros sepáis de qué hablo porque ya formáis parte de esa revolución tozuda que se rebela contra la tiranía del pesimismo.

Al menos, si estoy equivocada y milito en la filosofía equivocada, me habré llevado a la tumba más felicidad y compasión y muchos menos malos ratos que los adeptos al mundo cruel, injusto, arbitrario e inhumano que, por cierto, son legión.

He descubierto, en mi lista de riquezas, que donde pongo plan A y luego plan B, plan C, Plan D, etcétera, todos conducen al mismo sitio que al de A. Con esa hoja de ruta en la búsqueda de sentido es  imposible perderse.

Y ahora llega la breve explicación de mi extraordinaria condición de millonaria. Tan pronto como han rebotado sobre la hoja de papel los nombres de personas, las ideas, los lugares, los pensamientos, los hechos, los sentimientos y  las cosas que debo incluir en el inventario de bienes,  ha saltado la sorpresa: soy una millonaria que no puede arruinarse ni perder nada de lo que tiene, porque nada me pertenece en propiedad. Sólo soy una usufructuaria perpetua. No puedo vender  ni traspasar nada, pero puedo dar y  recibir. Cuanto quiera, además. Si doy más para aligerar mi fortuna, recibo el doble; así que por mucho que dé, jamás dejo de recibir. Aunque quiera ser pobre no puedo. Bueno sí,  puedo llegar a ser pobre de dinero.

Mi conclusión es que la inversión óptima  en estos momentos pasa por la suscripción de un  buen plan de emociones en la ventanilla libre de pesares. Te sentirás como el gran Machado: ligero de equipaje, casi desnudo… Y por ende millonario/a en …  liviandad, compañía, generosidad, agradecimiento, consuelo, amor, alegría, esperanza….

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Y cuando seas niño ¿qué?


Ilustración de Maira Kalman 

Usted que es una persona adulta – y por lo tanto- sensata, madura, razonable, con una gran experiencia y que sabe muchas cosas, ¿qué quiere ser cuando sea niño?

Jairo Aníbal Niño

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Cautivos de nuestros deseos


Si el ego es un monstruo al que hay que dominar o reducir, el deseo es un demonio al que hay que enjaular. Hay animales que simplemente no se pueden domar, y el deseo es uno de ellos. El deseo es salvaje y, aun domeñado, nunca llega a ser un gato doméstico. Sigue siendo un tigre que se alimenta ante todo de felicidad. Tu felicidad. Los seres deseosos corren el riesgo de acabar cautivos o esclavos de sus deseos. No hay nada tan peligroso como ver tus deseos satisfechos una y otra vez, porque el deseo jamás puede ser saciado permanentemente de este modo. Cuanto más se sacia, más necesita para ser saciado. Hasta que deviene tan magnificado que no cabe saciarlo en absoluto, excepto brevemente, y sólo mediante conductas que invariablemente transgreden las normas establecidas.

Debemos admitir que Lao Tzu acertaba al señalar que la felicidad se deriva de la restricción de los deseos; la infelicidad, de satisfacerlos en demasía. Lo cierto es que «lo que ocurre en Las Vegas» es como tu sombra: te sigue a todas partes.

 

El poder del Tao

Lou Marinoff