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Aprende a contarlo mejor: 6 recomendaciones útiles


He encontrado este artículo de la investigadora Paula Molinari (http://www.ceoforum.com.ar/post.asp?Id=45) en mi paseo por el ciberespacio y hoy lo traigo a Microcambios porque me parece interesante, concreto y muy útil.

En el quinto siglo antes de Cristo, Sócrates iba descalzo por las calles de Atenas trabando combates dialécticos con sus conciudadanos. Este célebre filósofo era hijo de una sociedad que tenía en alta estima al arte de la conversación. No es casual que Platón haya elegido el formato de diálogos para transmitir su obra filosófica.

La oratoria era una competencia clave que se suponía debía poseer un ciudadano ateniense. Tanto para pronunciar discursos en el ágora como para defenderse en un juicio, los griegos libres dedicaban largas horas a perfeccionar sus habilidades discursivas. En El Arte de la Retórica, Aristóteles pretendió dar estatus científico a esta disciplina e identificó tres elementos que determinan la eficacia de un orador: el logos (la lógica del argumento), el pathos (el impacto emocional del discurso) y el ethos (los valores expresados por el orador). Los griegos sabían que las artes de la conversación y la oratoria eran dos elementos clave para influir y lograr cambios.
Veinticinco siglos después, sigue siendo claro para todos que una de las principales herramientas del liderazgo efectivo es la habilidad para comunicar.

Seis son las recomendaciones básicas para un orador que busca ser efectivo.

Cuanto más simple, mejor. Mark Twain dijo una vez: “Te hubiera escrito una carta más corta pero no tuve tiempo”. Esta ironía encierra el mensaje de que lo simple es mucho más efectivo, pero también mucho más difícil de lograr. No sólo las ideas deben estar muy claras en la mente del orador sino que éste debe tener mucho poder de síntesis para simplificarlas de acuerdo a la forma en que serán más rápidamente captadas por la audiencia.

Contar historias. De acuerdo a los estudios del Dr. en Psicología de Harvard, George Miller, el 99,7 por ciento de la gente puede recordar siete números y no más que eso. Por el contrario, la capacidad de recordar historias, mitos y símbolos es muy superior.

Conocer a la audiencia. El orador debe escuchar antes de hablar. ¿Qué le preocupa a la audiencia? ¿A qué le teme? ¿Qué cree que cambiará? ¿Qué cree que es difícil de cambiar? El orador efectivo adecúa su mensaje a la audiencia, sus intereses, miedos y preocupaciones.

Repetir lo importante. En la mayoría de los discursos, hay sólo una o dos ideas principales. Es aconsejable repetirlas, en lo posible, utilizando slogans pues éstos permanecen en la mente de la audiencia. En los ’80, para transformar radicalmente GE, Jack Welch repetía sin cesar que todo negocio que no estuviera primero o segundo en su industria, sería “arreglado, cerrado o vendido”.

Elegir cuidadosamente las palabras. Las palabras, según la Ontología del Lenguaje, abren mundos de posibilidades. Así, el buen orador revisa cuidadosamente las palabras clave de su discurso. ¿Qué resuena en la mente de la audiencia cuando se nombra determinada palabra? Esto es particularmente importante cuando el auditorio es culturalmente diverso, porque las palabras tienen distintas connotaciones según las culturas. Por ejemplo, “rigor” para los franceses se relaciona con algo muy valorado y apreciado que es la meticulosidad y la profundidad de análisis. Para los argentinos, por el contrario, se vincula con un estilo de management de tipo militar, con la obediencia y el castigo.

Hacer real el mensaje. Para hacer real el mensaje, hay que vivirlo y creerlo. Esto no se transmite con las palabras sino con el cuerpo, los gestos, la voz que son los vehículos de nuestras reales emociones.
* Para profundizar este tema y desarrollar habilidades de Storytelling, consultar el libro de Simmons, Annette, The Story factor: inspiration, influence and persuasion through storytelling, Persues Books, 2002

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Autor:

Vivo en una ciudad del Norte de España, entregada a la pasión por aprender y transformar mi vida y la de los que me rodean en una aventura única. Creo en la gente y en las oportunidades que nos ofrecen las adversidades. He aprendido que el único pecado imperdonable es no arriesgarse.

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